Ser responsble me sabe a cacho

Hay cierta sensación de que la responsabilidad me sabe a cacho.

La constante insistencia de que debo ser responsable, de que debo actuar de acuerdo a mis circunstancias: estar pendiente de los hijos, pasar tiempo con ellos, conseguir un trabajo u otra forma de ganarme la vida, priorizar a mi familia y actuar acorde con tales prioridades.  Eso es lo responsable.

No soy responsable.  Lo he intentado, pero la gratificación mental inmediata es siempre más poderosa que posponer gratificaciones más importantes y trascendentales pero inciertas.

Leer un buen artículo, resolver un problema matemático, participar en un foro, enamorarme de imposibles, descubrir cómo funciona un gusano vampiro, ver cómo cae un hoja, cuadrar la luna para una foto que no tomaré, descubrir el patrón de un diseño textil, buscar referencias para ver cómo se mueve un sombra.  Todo eso lo tengo aquí y ahora.  Y causa gratificación.

Ser responsable es un incierto.  No hay garantías de que, aún haciendo las cosas bien, las cosas resulten.  La responsabilidad es un esfuerzo.   Es aplazar la satisfacción.  Y la responsabilidad requiere de planeación: de poder enfocar los esfuerzos inmediatos en esa gratificación incierta y tardía.

Es ahí donde mi mente no funciona: en la capacidad de planeación.  Veo lo que es importante, lo reconozco, lo sopeso y sé que la satisfacción será mayor que todas estas satisfacciones inmediatas; en su gran mayoría de cosas que ni siquiera importan ¿(de qué me sirve encontrar el patrón del estampado del mantel que he visto cientos de veces?).  Pero no encuentro esa definición del objetivo a lograr ni del primer paso a dar.

Me quedo en lo fácil, en la bobada que satisface mi intelecto.

Hace seis meses, tal vez me hubiera quedado ahí: ser responsable es muy complicado porque no sé cómo serlo, porque me falta esa capacidad de planear.

Pero hoy, ser responsable ya me sabe a cacho.

Detesto la sola exigencia de que debo ser responsable.

Se le ha dado tantas vueltas a ese concepto que no quiero saber más de él.  Que me rehúso a siquiera intentar ser responsble.

Simplemente quiero que se callen y me dejen en paz.

Tanto han dicho, tanto han insistido, tanto han tratado de llegar con discursos, monólogos, cantaletas y demás que no quiero saber más del tema.

Y eso está mal.

Pero tanto abuso del tema, hacen que ahora ser responsable no sólo me implique tener que enfocarme en cómo planear correctamente mis pasos sino además superar el hastío de tantos discursos sobre la responsabilidad.

Que no lo entiendan conmigo, vaya y venga.  Ya sabré yo si encuentro las fuerzas internas para sobreponer estos dos obstáculos.  El problema es que me estoy dando cuenta que lo que me pasa a mí le pasa a mis hijos y con todas las mejores intenciones les estamos causando fobia a ser responsbles.

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