Una sensación

Ayer tuve una sensación.  Una sensación de que simplemente quería algo de sexo anónimo, sin ataduras o compromisos.

Quien me ha leído juicioso a lo largo de este largo año sabe que soy una persona enamoradiza que se imagina en relaciones de diferente tipo (aunque eventualmente de tipo sexual) con toda mujer linda que pasa por su vida.  También sabe que tengo un compromiso renovado y que es en este compromiso y no en el enamoramiento superficial en donde podría estar el amor si es que tal cosa existe.

Pero la sensación que tuve es diferente.

No se trata de enamorarme de otra persona en el sentido de identificarme con ella e imaginarme con ella.  Por otro lado tampoco fue una simple arrechera casual de desear sexo por instinto animal de macho.

Fue como una sensación de sexo anónimo.  Un sexo sin rostro (y por lo tanto no era deseo de sexo con mi compromiso ni con las mujeres lindas que pasan por mi vida), sin nombre.

Compromisos actuales me han hecho pasar en los últimos días cerca a zonas de tolerancia en mi ciudad, y no niego que hay cierta curiosidad morbosa en ver a las prostitutas y sus pintas.  A veces me he preguntado qué sería estar con una puta y casi siempre llego a la conclusión de que me daría mucho asco.

La sensación que tuve tampoco es eso, tampoco es sexo pago.  No se trata de alquilar una vagina para hacerme la paja ahí adentro.

Es más una sensación de querer tener sexo con otra persona.  De compartirnos el uno al otro, sólo que anónimamente.  Sin ataduras.  Sin compromisos.  Sin conocer su nombre ni su paradero.  Sin que sea particularmente bonita.

No es que lo esté deseando.  No es que mi vida sentimental o afectiva dependa de la satisfacción de esa sensación.  Simplemente quería decir que tuve esa sensación.

Publicado en Rarezas | Etiquetado | 1 Comentario

Entre vetos

Sé que Twitter no es una cosa para tomarse en serio y que las relaciones que se desarrollan por este medio son en promedio más superficiales y efímeras que las que establecemos en los espacios físicos que visitamos: colegio, universidad, trabajo, la calle.

Hay algo que engaña la mente y es que en ocasiones es más diario el contacto y la presencia de ideas a través de Twitter que con las personas de carne y hueso, particularmente cuando uno trabaja desde la casa en lugar de estar yendo a una oficina o a un aula de clase.  Eso hace sentir que tus contactos en Twitter son más cercanos, más reales.

Varias veces me ha dolido cuando uno de estos contactos se pierde.  Desde el simple unfollow (que ya a aprendí a asimilar y a darlo sin remordimiento), pasando por la indiferencia, la ignorada, el veto o llegar incluso al bloqueo.

Uno de los primeros unfollows que me dolió fue el de una de mis tragas twitteras.  Me dolió precisamente por eso, porque estimaba a la persona.  Pero, aunque no me seguía, respondía a mis mentions y luego me reencontraría con ella cara a cara y seguiría hablando como la última vez.  En cierta forma me ayudó a darme cuenta de la intrascendencia del unfollow, acto que tiene que ver más con la limpieza del timeline que con la relación personal.

Un veto más dolido vendría luego.  Creo suponer que malas experiencias le hicieron prevenirse con Twitter en general y un día que hice retweet a un comentario de otro twittero, que ella interpretó como plagio, simplemente respondí con una búsqueda de Google que mostraba que la idea no era original de ninguno.

Conclusión: se dedicó a sacarme de su timeline (motivo candado no necesitaba bloqueo), incluyendo un alterego y un par de cuentas institucionales que ella sabía que yo manejaba.

#Yoconfieso que inconscientemente pude haberla toreado un poco.  (El uso del hashtag en la frase anterior no es gratuito.)  Aunque, desde luego, mal haría en llevarme toda la gloria por su salida.  Sinceramente me dolió su partida de Twitter porque para mí era una persona con importantes puntos de vista para compartir y con quien me gustaba conversar, aunque supongo que yo, para ella, no lo era.

De la misma región geográfica y también amante del cine aparecería otro de esos vetos dolidos.  Nunca supe las razones, pero las sospecho.  Sospecho que pudo interpretar mi juego de alteregos como una burla personal, cosa que nunca fue mi intención pero puedo entender la percepción.

Por el momento sólo sé que me tiene bloqueado.  (O me tuvo.)

Luego vendría el veto de Nohelia.  Es un simple unfollow que en su momento quiso decirme que era intrascendente, pero desde entonces ignora todo intento de comunicarme con ella, incluso en cosas que nada tiene que ver con la historia pasada y superada.  Su propio blog terminó cerrándolo y haciéndolo privado.  Imagino que sería demasiado presuntuoso suponer que soy la única causa de esa censura, pero el mensaje parece claro: yo no debo preguntar.

El siguiente caso que recuerdo es el del Coyote García.  Creo que tengo un palito para abrirme a las almas más atormentadas en Twitter.  Recuerdo que uno de los últimos intercambios que tuvimos antes de la ruptura fue a una pregunta abierta en Formspring donde ella me respondía que no vería problema a compartir una conversación con un café pero que dependería de que no estuviera de malas pulgas (o algo así).

Pocos días después Tumblr tuvo una caída grande y tras el regreso noté la causa de una inconsistencia que había notado en las actualizaciones de mi dashboard: sus publicaciones se anunciaban pero no se mostraban en mi tablero de Tumblr.

Hice una pregunta genérica y fui ignorado.  Hice una pregunta directa y fui ignorado.  Finalmente en un tweet pregunté relacionando su blog con su arroba y recibí un DM diciéndome que no fuera sapo y que mantuviera las esferas separadas.  No pude disculparme por DM porque ya no me seguía (no sé si el unfollow fue en ese instante, sospecho que fue anterior) y luego pensé que yo no debería disculparme cuando di plenas garantías de una respuesta con advertencia previa.

Al poco tiempo me bloqueó en otros canales (Facebook) y, lo mismo, supongo que no fui yo la única causa de que cerrara Formspring, Twitter y otros medios, pero sin duda debí contribuir al episodio.

Mi siguiente historia de vetos viene de una twittera que me parece una gran persona y quienes otros twitteros comparten la apreciación de que es una gran persona pero con quien siento nunca hubo química twittera (a diferencia de los casos anteriores).

Creo que a veces olvido que algunas personas utilizan Twitter para decir cosas, no para intercambiar ideas.  En una ocasión anterior expusimos puntos de vista encontrados sobre un suceso y sin duda la de ella era una versión más informada que la mía.  Algunas puyas que hizo ella sobre personas que hablan sin saber (que yo no sabía si iban hacia mí o no) las respondí sin menciones en el sentido de defender mi derecho a hablar aun sin saber.  Finalmente lanzó un #petardo sin mención y yo hice un comentario (sin mención) sobre el significado de la palabra.

Eso quedó ahí, en principio.  Pero un par de semanas después respondí a un comentario que ella puso, exponiendo un punto de vista alterno.  Se enranchó en su punto con un “y ya” indicando, claramente, que no estaba interesada en absoluto en continuar la discusión, cosa que respeté.

Al día siguiente capté una conversación con otro twittero, en el cual ante un desacuerdo volvió a repetir el “y ya”.  Así que hice un comentario sin mención sobre esa frase, el cual ella leyó y entendió a quién iba dirigido.  Tal vez si yo no hubiera retrinado su respuesta las cosas habrían quedado ahí, pero mientras yo estaba considerando el unfollow como medio para prevenir futuros choques ella se me adelantó con un bloqueo.

Continué algunas de sus conversaciones con otros twitteros.  Me enteré que ella creía que le estaba cobrando el episodio del #petardo (cuando, más bien, yo había estado considerando evitar confrontaciones y no buscando cobrarlas).

No sé por qué recuerdo tanto los detalles.  Finalmente, a diferencia de otros vetos, yo no sentía una empatía personal con la susodicha.  Supongo que tiene que ver más con el orgullo herido de que se vanaglorien de haberte dado un bloqueo.

Ahora.  Supongo que yo habré tenido muchos vetos de los cuales no me he enterado.  Son estos los que recuerdo porque me enteré y dolieron.

El último veto se suma a esos vetos dolorosos.  Es una persona que conoce mi historia, conoce detalles que le he compartido porque en algún momento me abrí a ella en busca de consejo y llegue a considerarla mi amiga, mi parcera, al menos dentro de lo que una relación por Twitter y Formspring puede dar.  No pudo ser más porque todos los intentos de reuniones cara a cara se frustraron.

Un día, cansada de sus miles de desconocidos en su timeline, cierra su twitter y abre uno nuevo indicando que sólo seguirá a unos pocos.  Por lo que en algún momento sus consejos significaron para mí esperaba ser uno de esos pocos, pero no me hice esperanzas.  Finalmente yo sé que mi timeline principal estaba lleno de trinos depresivos, quejas y otras cosas que no son del agrado de todo el mundo.

Sólo por confirmar, le pregunté en Formspring.  Creo que contestó con un tweet sin mención.  Desde entonces ha ignorado todas mis preguntas (personales o no) y no me incluye en la lista de a quienes pregunta.

Y estoy seguro que ninguna de mis preguntas ha sido irrespetuosa (único criterio que aduce para ignorar y eliminar las preguntas).

Que yo no sea la persona a quien quiere seguir a la larga me tiene sin cuidado.  Así como ese primer unfollow que recuerdo, sé que el que alguien no quiera leerme en Twitter no significa que me tenga censurado o me crea mala persona.  En los otros casos mencionados, puedo imaginar las razones reales o (en mi criterio) infundadas para el veto o la censura.

Este último duele especialmente porque es claro y porque desconozco la causa.

Publicado en Reflexiones vagas | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Soñar con sabores

Soñé con un sabor.  Era el sabor de lo que ella había comido.  No era un sabor particularmente agradable, pero no importaba porque era a lo que ella sabía, a lo que sabía su beso.  Un beso que me sorprendió porque ella llevaba un tiempo largo ignorándome, un tiempo en el que yo había aprendido que mi existencia le resultaba molesta.  Pero yo necesitaba entregarle algo y buscaba la forma en que aquel presente no significara entrometerme en su vida, en su rutina.  Y por ello no esperaba que me agradeciera y menos con un beso.

Pero era un sueño.  Ese último sueño que uno tiene antes de despertar.  Ese sueño del que uno se despierta y aun quiere aferrarse a la idea, a la fantasía.

Muchas veces en estos sueños tan vívidos termino dudando por un tiempo después de despertar qué hay de cierto en la premisa, en el contexto.  En este, el contexto es cierto.  Nohelia me ignora y en gran medida he aprendido a que le fastidio.  Sí, Nohelia es con quien soñé.  En parte el sueño también me sorprende porque no he estado pensando en ella particularmente.  No añoro reconectarme con ella y volver a encapricharme.  Aun me duele que se haya perdido cierta complicidad, ciertos diálogos, pero como mujer no la añoro.

Pero así son los sueños.  Raros.  Inesperados.

Antenoche también me soñé en una aventura.  Esta vez en un dilema porque estaba decidiendo estar entre dos mujeres, ninguna de ellas mi esposa.  Una, Tania, la sentía, en el sueño, como la mujer de mi vida.  La otra, Clara, era una simple aventura para pasar el rato.  En la realidad Tania es una amiga muy querida. Una mujer de la que me he enamorado en la realidad en esa forma que tengo de enamorarme de todas las mujeres lindas en mi vida.  Es una aventurera en el sentido deportivo del término y esa era también parte del contexto de mi sueño.  Ella iría a escalar montañas y yo la esperaría sedentariamente en la carpa o el campamento para compartir nuestras vidas.  Pero había el inconveniente de que me acababa de enredar con Clara, quien para mí no significaba más que sexo, pero no era un sexo al que quisiera renunciar.  En el contexto del sueño yo seguía casado, pero ese no era parte del dilema.

Salgo de los sueños y regreso a la realidad.  Mis deseos más racionales —repito: mis deseos— me llevan a comprometerme más con mi pareja, a estar con ella, a no pretender jugar por ahí.  Pero soy una persona llena de deseos contrarios.  Deseo quedarme en casa todo el día y deseo salir a aventurar por el mundo.  Deseo estar cómodo y deseo sacudir mi cabeza.  Y entre las aventuras que sueño las hay unas muy positivas y tentadoras: lanzarme a hacer negocios, a conocer más personas, a romper mi aislamiento, a tomarme el mundo.

No estoy buscando aventuras amorosas.  Pero ayer, sentado al lado de una amiga, sentía ganas enormes de darle un beso.  Un beso apasionado, pero solo un beso.  Y ese impulso no sucedió una vez sino cada vez que estuve a su lado.

No sucederá.  Mi vida afectiva o emocional no depende de ese beso, como si dependen de que me enfoque en mi familia.  Hay aventuras mucho más importantes de lograr para mí que venturas amorosas o sexuales.  Regresando a Tania y a Clara, el sueño mostraba dos actitudes frente a lo que me atrae de cada una de las mujeres que conozco en la realidad o a través de la red.  Hay muchas formas en que me relaciono con ellas, en que me enamoro de ellas, en que las deseo.  Puede ser un beso, o una revolcada, o compartir una vida, o esperarla a curar sus heridas tras una aventura.  En muchos casos lo que deseo realmente es no más que un fuerte abrazo.

También fantaseo con saber que se siente saltar al vacío, o sentir que la vida se pierde en unas venas abiertas, o sentir qué es perder la conciencia a punta de alcohol.  Fantaseo con ser una persona poderosa, o un hombre invisible, o fantaseo volar como Superman o tener el poder de detener el tiempo y de regresar al pasado.  La mayor parte de muchas de esas fantasías no son más que fantasía, no son un propósito de vida.  Son imposibles o poco deseables.  Pero de cuando en cuando esas fantasías y deseos ocultos se convierten en ensoñaciones.  Y a veces me sorprenden lo elaborados que esos sueños pueden ser.

No sabía, por ejemplo, que yo era capaz de soñar con sabores.

Publicado en Reflexiones vagas | Etiquetado | 1 Comentario

La satisfacción

Esta es de esas reflexiones que surgen de la vida diaria una tarde en que iba a una cita y justo acababa de almorzar.  Tenía esa sensación de calma que surge de haber satisfecho una necesidad básica.  El placer de la satisfacción.  Es un placer que casi nunca es buscado pero que, cuando llega, corona una serie de placeres previos.

He confesado que me gusta comer bien y me gusta comer mucho.  Son dos placeres distintos.  Uno es el placer de disfrutar los sabores, las texturas y los aromas de la comida.  Un placer que para gozar plenamente hay que correr los riesgos de experimentar y encontrar cosas que te disgustan junto con encontrar nuevos manjares.  Es un placer que fácilmente se complementa con el placer de cocinar, sobre todo cuando cocinas sin libreto y confiando en tu instinto y tu nariz.

El otro placer es el de comer en sí.  Sentir la comida pasar por tu garganta.  La sensación de una cantidad correcta de sal y de dulce que abra su camino de la boca al estómago.  El alivio que produce un refresco.  Recibir más.  Tomar más.  Hartarte.

Cocinar, probar, hartarte y, finalmente, quedar satisfecho.

Cuando pienso en comer, generalmente pienso en sabores, texturas, cantidades.  Pienso en mis dos placeres, el de comer bien y el de comer mucho.  Casi nunca pienso en quedar satisfecho.  Tal vez porque se da por hecho.  Pero cuando uno queda satisfecho en la medida justa es un placer que supera a todos los anteriores.  Es una sensación de calma, de tranquilidad, de sentirte bien.

Ya no es el acto.  Es el estado.  Es seguir tu camino sintiéndote bien.  El deber cumplido de haber calmado una necesidad.

Y esa tarde pensé en el sexo.  Cómo el sexo es también una sucesión de placeres.

Confieso que me gusta el foreplay, el juego previo.  El excitarme y excitar a mi compañera.  Acariciar, buscar, sentir la piel.  Me gusta la piel.  También me gusta ver, sobre todo cuando lo que veo sugiere más de lo que explícitamente muestra.  La sola búsqueda es un placer al cual me gusta someterme aún cuando sé que no habrá nada más; aunque después sea difícil tener que detenerse.

Y luego está la penetración, el coito.  Estar en la faena.  Es sentir con la sensible piel de mi pene la suave y húmeda presión de su guarida y deslizarme para sentir más y mejor.  Es atragantarme.  Pero es también seguir sintiendo la piel, embriagarme en sentir su cuerpo entre mis manos o jadear entre su cuello.  Me gusta la desnudez completa porque es sentir más.  Me gusta agarrar y acariciar y me gusta sentir que me abrazan y que me reciben.  Pero la penetración en sí es suficientemente placentera que incluso puedo obviar todo lo demás con tan solo sentirla.

Y está ese tercer placer que es el orgasmo.   Desde que siento el cosquilleo entre las piernas y el bajo vientre hasta sentir que sale incontroladamente mi esperma.  Es una descarga de energía muy puntual y que en muchas ocasiones se siente como una necesidad.

Considero que son tres placeres separados porque puedo separarlos.  Me encanta acariciar a mi mujer y buscarla aun cuando sé que no habrá coito y me encanta el coito aun cuando sé que no habrá descarga y, muchas veces, ni siquiera necesito esa descarga.  Por otro lado, el placer de la descarga lo puedo obtener sin coito combinando simplemente mi imaginación con tocarme con la presión adecuada.

Y está finalmente el cuarto placer.  Cuando el orgasmo culmina y esa necesidad de descarga sexual queda satisfecha.  Cuando las endorfinas se apoderan de tu sistema y sientes una calma general.  Casi nunca pienso en ese placer cuando hago el amor o me masturbo; más bien son el coito y el orgasmo lo que busco.  Pero la satisfacción es un placer enorme que, cuando llega, supera todo lo que pasó previamente.

Y con ello se olvidan los problemas del día.  Es por ello, creo, que dicen que el sexo es una de las mejores formas de superar el stress.

También lo es comer.

Publicado en Ensayos | Etiquetado , , | 2 comentarios

Un sueño

Escenario 1: asamblea

Estoy presidiendo una asamblea (¿club? ¿propietarios?, muy probablemente un recuerdo de la asamblea de propietarios del edificio que presidí esa noche).  No recuerdo los pormenores, sólo que era en una casa de estilo oriental.

Escenario 2: teatro

El ambiente ahora es de un salón donde se hacen presentaciones. Hay dos niñas que presentan un baile (creo que es entre una presentación de música negra del pacífico colombiano con elementos de teatro oriental) en representación de la vida de la autora, una mujer negra que observa al lado mío. Cuando termina la presentación salimos a un descanso.  Estamos como en un club o como a la salida del teatro del Gimnacio Moderno: edificios en ladrillo, mucho verde afuera.

Veo que tengo varios mensajes en el teléfono y particularmente me llama la atención un mensaje enviado por un contertulio de twitter que fue compañero de mi hermana y es como un chiste verde enviado en video. No escucho el audio porque hay mucho ruido, pero es un chiste contado a dúo con su hija de pocos años. Unos amigos, compañeros mutuos del colegio, se me acercan para escuchar el mensaje y comentar que el personaje “definitivamente” (aludiendo a su carácter de contar chistes verdes). Finalmente de vuelta en el teatro y con el teléfono pegado a la oreja podemos escuchar el audio [pero no recuerdo qué decía].

El teatro ya no es un salón sino un teatro con gradas.  Hay una representación de danzas cuya (¿autoría? ¿producción?) es de una excompañera mutua de trabajo.

Escenario 3: parque

Estoy con mis ex compañeros del colegio en algo así como un parque o un lugar de construcción. Empezamos a jugar trepándonos a la maquinaria y saltando entre ella similar a como jugábamos en el colegio en los juegos de rodaderos y similares y con habilidad similar a cuando teníamos 11–12 años. Hacemos comentarios sobre esa época.

Escenario 4: cafetería

Cansados vamos a la cafetería del club y buscamos una mesa con mis amigos. Escucho que entra mi esposa hablando en voz alta con amigos de ella.  Ella no se ha dado cuenta de que estoy ahí.
Ella se sienta en un punto donde no me ve. Habla de inquietudes en su matrimonio y de otros muchachos que le gustan. Alguien del grupo de ella intenta hacerle señas de que yo estoy ahí. A mi alrededor todos callan pues saben que es mi esposa la que habla. Me estoy riendo de la situación pero es más como una risa nerviosa pues me siento incómodo.

Despertar

Mi esposa (en la realidad) se da la vuelta en la cama y me abraza, yo me despierto e intento recordar lo que soñé.

Publicado en Historias | Etiquetado | Deja un comentario

¿Qué tan en serio te tomas a tu persona digital?

¿Qué tan en serio te tomas a tu persona digital?

Answer here

| Deja un comentario

Un círculo de miseria

De repente viene ese sentimiento de que cualquier cosa que hagas no será más que una carga para los demás. Un gasto. Un pago de más que no presupuestaban. Pues no es un gasto que te puedes costear. Te quedas catatónico. Ensimismado. No te atreves a moverte, a hacer algo por ti mismo, pues no tienes nada. No puedes dar nada. Salvo molestias.

Tal vez no quieres deprimirte en silencio, así que recurres a tu vicio. Otros usan el alcohol o las drogas. Tú prefieres una droga más sutil. Recibir información sin sentido. Recrearla. Abrirte a nuevos mundos. Pretender que interactúas con personas que la verdad ni siquiera conoces.

Pero de pronto estás de mejor ánimo. Te sientes mejor. Te arriesgas así a hacer algo.

Pero cualquier cosa que hagas es un costo adicional a los demás. Y lo sabes. Sabes que te lo van a cobrar.

Tal vez deberías olvidarte de la pretención de que eres un individuo. Alguien que requiere cosas para sí. Sólo eres una máquina de hacer mandados. Recibir órdenes y ejecutarlas. Así, si lastimas a alguien, si le causas un costo a alguien, no fue tu culpa sino de quien te dio la orden. No es tu problema.

Lo único que necesitas es olvidarte de que eres un individuo. Una pretensión que sólo causa un círculo de miseria.

Publicado en Reflexiones vagas | Etiquetado , | Deja un comentario